El hombre navega días enteros entre olas y sombras de nubes.

Rara vez el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una luz parpadeante en la noche la proximidad del cabo,  el vuelo de una gaviota la cercanía de la costa,  el role brusco del viento el paso de la borrasca.

Todo el resto es mudo e intercambiable; olas y nubes son solamente lo que son.

Finalmente la singladura conduce al puerto del fondo de la ría. Uno se adentra en él entre formas de colores, todos tristes. El ojo no ve cosas sino formas de cosas que significan otras cosas: el cono verde a estribor el final del rompeolas , el tejado verde la nave de rederos, el cartel de bienvenida el pantalán de espera del náutico, el cilindro rojo el borde de babor de la bocana.

Banderas tricolores y gallardetes de inteligencia rematan edificios, oficinas, torreones, estrellas: signo de que algo (quién sabe qué) tiene por signo una bandera, un torreón o una estrella. 

Otras señales indican lo que está prohibido en un lugar; navegar a más de tres nudos, orinar en la base del faro, pescar con caña desde el muelle y lo que es lícito:  dar de comer a los gatos, jugar a la rana, saludar a los pescadores.

Si alguna cosa no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden del puerto bastan para indicar su función: la oficina del contramaestre, el restaurante, el taller, la lonja, el club náutico. 

Incluso los pertrechos que destacan sobre las cubiertas valen no por sí mismos sino como signo de otras cosas: el nombre del barco bordado en la funda de la botavara elegancia, la neumática  negra sobre el barco de aduanas poder,  las cajas de madera apiladas sobre el pesquero trabajo duro, el vaporoso vestido al viento de aquella mujer a proa voluptuosidad.

Cómo es verdaderamente el puerto bajo esa apretada envoltura de signos, qué contiene o qué esconde, el hombre sale nuevamente al mar sin haberlo sabido. 

Mi mirada recorre las crestas de las olas como páginas escritas, dicen todo lo que debo pensar, me hacen repetir su discurso y mientras creo poner rumbo al próximo puerto no hago más que avanzar con esa mirada entre números de sondas de una carta imaginaria por otra parte ya ilegible de tanto salitre, sol y tiempo,,,